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Sandia: la tierra del mejor café del mundo

Conoce a Vicentina Phocco y su esposo Pablo Mamani, ellos cultivan el mejor café del mundo.


No es el paraíso, pero parece. No es Macondo, pero tiene más de 100 años de soledad. No es la tierra prometida, pero estamos seguros que Moisés hubiese sufrido igual para llegar a este edén terrenal. Y aunque tampoco es la cima del monte Everest, igual arriesgamos la vida para llegar.

Muchos creerían que Vicentina Phocco tiene un secreto para que el café sea el mejor del mundo, pero al igual que un lobo cuando aúlla en la oscuridad, ella ve la luna y, si está llena, trabaja. Siembra. Cosecha. Cree en lo orgánico. En lo natural. No es el paraíso, se repite, pero parece.

A cuatro horas y media de la ciudad de Puno, justo en la frontera con Bolivia, está una provincia sacada de un cuento de Ribeyro. De esos cuentos fantásticos donde la realidad parece ficción y la ficción parece un cúmulo de felicidad.

Sandia, es el nombre destinado a un distrito que, cada vez que concursa en una feria internacional de café, le gana a todo el mundo. Esta provincia, cuyo nombre es similar al nombre de una fruta, con un acento mal colocado, es un lugar extraño y peligroso.

Pero, a su vez, es un lugar en que la incertidumbre, las carencias y el clima feroz son aplacados con una tacita de café.

La calidad del café orgánico que se cultiva en Sandia es reconocida en el ámbito internacional.
La familia Mamani Phocco trabaja celosamente para garantizar el cultivo orgánico de café.

Un café, una familia

Vicentina Phocco y su esposo Pablo Mamani, quienes no solo comparten la casa si no la vida misma, saben que sus carencias son terribles: no tienen agua, desagüe y tampoco luz eléctrica. El celular es un aparato lejano. Luchan contra las plagas que azotan sus plantaciones. Su hijo, Ángel de 8 años, camina por dos horas para llegar al colegio. Todos los días.

Pero, sin que eso amilane su pasión, se atreven a seleccionar cada una de las semillas que arrojan a la arena recién arada. Asisten a una cooperativa que agrupa a soñadores del café como ellos y participan en ferias internacionales como la festejada en la ciudad estadounidense de Seattle donde, al final, ganaron, por supuesto.

Fue Pablo quien, por su padre, animó a su esposa a cultivar el grano de café, siendo el Borbón el grano más apreciado por la familia Mamani Phocco: “tiene buen cuerpo, buen color y sabor en tasa”, dice que mucha elocuencia y muestra el deseo de ampliar sus 3 hectáreas de chacra, “queremos comprar más terrenos para aumentar la producción”.

“La historia de mi café empieza con mi padre y seguirá con mi hijo, porque me ayuda, así como lo ves, recoge café con nosotros”. Una tradición familiar que ha sufrido tropiezos. Al año cosecha entre 60 y 80 quintales (6 y 8 toneladas), no suena mal, pero las plagas atacan con toda la furia, por no poder utilizar ningún tipo de químicos para defenderse, como insecticidas, cal o algún tipo de repelente.

Las leyes para productos netamente orgánicos son muy duras para todos. Ser orgánico cuesta. Y ambos saben las consecuencias de utilizar cualquier producto químico, y es ese el motivo por el cual su café es tan preciado: el café orgánico es con todas las garantías de ley.


Una tierra bendita

La provincia de Sandia, con poco más de 50,000 habitantes, tiene el increíble récord de tener a tres campeones mundiales al mejor café. Algo que pocas ciudades en el mundo se pueden ufanar. Pero, ¿a qué se debe esta increíble cifra? ¿Acaso su tierra es diferente? ¿Será que las semillas que tienen son únicas? ¿Su clima, tal vez? ¿Su altura?

La respuesta es todas las anteriores. La tierra de Sandia está llena de vegetación. Las semillas las consiguieron de los mejores proveedores del mundo. Lo mismo que la altura es perfecta: ni tan alto, ni tan bajo y, por todo ello, tienen un clima propicio para la siembra de café.

Pero la fe, la conciencia de creer ciegamente en la naturaleza, eso sí es propio de Sandia. Vicentina nos dice que no cosecha un día cualquiera. Si ve que el fruto ya está maduro, pero la luna está en cuarto menguante o creciente, ignora el llamado a cosechar. Solo lo hace cuando hay luna llena. “así aseguramos el sabor”, menciona con una inmensa seguridad, que terminamos por creerle, sin refutar absolutamente nada.

En plena ceja de selva de Puno, luego de subir a pie por un largo tramo de tres kilómetros, se encuentra la chacra de Pablo y Vicentina. En este centro poblado, lo mismo que en toda la provincia, el sustento principal de los pobladores es la agricultura y la venta de sus cultivos andinos: papayita andina, granadilla, palto, chirimoya y, por supuesto, el café.


Entre el narcotráfico y el olvido

Esta provincia, en contraparte, no solo se ha vuelto objeto de admiración por su vida cafetera, sino una tierra deseada por los cultivadores informales de hoja de coca que, en una inmensa mayoría, ayudan al narcotráfico en sus ilícitas actividades. Por ello Devida estimula a los productores a los cultivos alternativos como el café o el cacao.

“En los últimos cuatro años, la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (Devida) destinó 70 millones 434,266 soles para realizar proyectos y actividades relacionados con el desarrollo alternativo, la prevención y tratamiento del consumo de drogas y el control de la oferta de droga en la región Puno. De ese total, alrededor de 67.5 millones de soles proceden del programa de Desarrollo Alternativo Integral y Sostenible (Pirdais), con el que se logró beneficiar a 22,262 familias”, comenta el presidente ejecutivo de Devida, Rubén Vargas.

“Podemos decir que con nuestros productos las familias pueden ser auto sostenibles, a pesar de no tener buenas carreteras, no tener servicios de saneamiento, electrificación, a pesar de todo ello, somos campeones del mundo”, se enorgullece Adán Málaga, alcalde de Sandia.

Para llegar a Sandia, debemos transitar por una carretera de un solo sentido. Muchas veces hay camiones, trailers, buses interprovinciales y autos particulares atascados en una vía de poco menos de dos metros de ancho. A lo largo del camino, al borde de inmensos precipicios, hay una incontable cantidad de nichos con sus cruces adornadas, que advierten sobre lo peligroso que significa subir la velocidad o quedarse dormido.

Para llegar a Sandia hay que ser valiente y hasta temerario. Pero si queremos conocer un pedazo del paraíso, si queremos conocer Macondo sin García Márquez y, de paso, conocer a Pablo y Vicentina para probar el mejor café del mundo, pues ya saben lo que tienen que hacer.

Fuente: Agencia Andina

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