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Día Mundial del Refugiado: La historia de Viviana, una de los 1,600 refugiados que hay en Perú

La vida del refugiado es difícil, “pero uno se acostumbra a todo”, repite. Con el paso de los años ella, su esposo, su hija mayor, van adoptando costumbres peruanas y, así, tratan de que las cosas sean mucho más fáciles.


El país ha recibido más de 480,000 solicitudes de personas de más de 70 nacionalidades. La colombiana Viviana Duarte cuenta las circunstancias que la obligaron a salir de su país con su familia.

UNO

Viviana Duarte sabe que alguien que estudia se vuelve peligroso. Sí, señor. Peligroso para los extremos. Derechas. Izquierdas. Su esposo, Johan, quien por entonces era policía, y ella, vivían en Bogotá. Ya tenían una hija y ambos estudiaban en una universidad pública colombiana. 

Pero a los grupos armados ese deseo de superación personal, esa independencia, ese libre pensamiento, no les hacía nadita de gracia.

Y los subversivos ataviados de cuadernos, mochilas y rostros de estudiantes comunes y corrientes empezaron a amenazarlos. 
-Si tu esposo no se recluta con nosotros, nos llevaremos a la niña. 

Viviana y Johan no lo pensaron dos veces y, por salvaguardar la vida de su hija y no ceder al vil chantaje, empacaron sus pocas pertenencias, estrujaron los pocos billetes ahorrados, pañales, leche, y dejaron atrás a la familia, los amigos, las pequeñas comodidades que significan vivir en su país… La vida. 

“Primero estuvimos en Ecuador, pero allá no vieron siquiera nuestra solicitud de refugio”, recuerda con pesadumbre. Entonces llegaron a Perú. De eso hace siete años. 

Tuvieron que contar su historia a los funcionarios de Relaciones Exteriores de Perú. Es lo que se hace en todo el mundo. La tranquilidad de su familia dependía de los funcionarios de este sector. Ellos, por su parte, determinarían si su historia ameritaba concederles la calidad de refugiados o no. 

Fueron casi dos meses llenos de angustia hasta que llegó la respuesta: Perú acogía a la familia colombiana como refugiada.

DOS

Viviana lo ha dicho hoy. También ayer, el año pasado y desde que llegó. Tantas veces que su voz se llena de coraje, cuando lo repite: “No estamos fuera de nuestro país porque queramos, sino que tenemos una necesidad. Mucha gente no entiende eso.” 

Los refugiados no son inmigrantes comunes, que cruzan las fronteras solo por apremios económicos. El refugiado emigra “porque hay una situación que perjudica nuestras vidas; sí, señor”, recuerda ella. 

Toda su vida de refugiados en Perú Viviana, Johan y sus hijos lo han pasado en Lima. Aquí, en la capital peruana, nació su segundo hijo. 
La del refugiado es una vida difícil. No se consigue empleo fácilmente. 

Tampoco casa. “Cuando llegamos nadie nos quería alquilar una habitación porque éramos colombianos, porque éramos refugiados”. Tuvieron que quedarse en un hotel. 

«Pero uno se acostumbra», dice Viviana, casi con resignación. El hombre, animal de costumbres, dice esa muletilla. 

Tampoco es fácil conseguir empleo en el país que te acoge. 
Con el carné de extranjería dado por el Estado peruano, y que se renueva anualmente, Viviana y su esposo comenzaron a tocar puertas. 

Los empleadores preguntaban ¿por qué se viene de su país si es tan bonito? Y cuando decían que eran refugiados, la cara, la respuesta eran las mismas: “¿refugiado y colombiano? Dios sabe lo que habrá hecho en su país”, decían antes de cerrarles las puertas.

Para muchos, un refugiado no solo es un extraño que llega con pasaporte o salvoconducto, sino un sospechoso de algo malo. 
“¡Nosotros no hicimos nada, a nosotros nos lo hicieron!”, gritaba Viviana, pero ya nadie la escuchaba. 

“Mucha gente no tiene conocimiento de qué significa ser refugiado. Uno tiene que tratar de explicarles. “Pero, imagínese explicarles uno a uno, imagínese la tarea que le queda a uno”. Explicar a oídos sordos. 


TRES

La vida del refugiado es difícil, “pero uno se acostumbra a todo”, repite. Con el paso de los años ella, su esposo, su hija mayor, van adoptando costumbres peruanas y, así, tratan de que las cosas sean mucho más fáciles.

Comenzó a trabajar en pequeñas empresas, como agencias de viaje o de empleo, pero no le pagaban lo justo, dice, y le hacían trabajar más horas de lo normal. Lo mismo pasaba con su esposo.

¿Y cómo sobreviven? “Como la mayoría de mis compatriotas, por no decir que todos, somos independientes. Es difícil la inclusión laboral, así tengas buenas competencias o habilidades, por eso la mayoría trabajamos a cuenta de nosotros”. 

Sí, se ha convencido con los años de que le conviene ser independiente, porque aquí no hay tíos, madres, abuelas, alguien a quién encargar a sus hijos. 

¿Y en la cuarentena? Su hija mayor ya tiene amiguitos, le agrada su colegio, ha asumido cosas de peruana, pero el aislamiento social obligatorio, la cuarentena, que nos cayó como un baldazo de agua fría, la sienten más los refugiados, sus hijos: están completamente aislados. El esposo de Viviana sale para conseguir; los hijos, sin amigos ni niños de su edad cerca, en su entorno. 

No, no somos el pueblo que abre las puertas fácilmente al extranjero pobre, aunque sea trabajador. Perú, país desconfiado.
Siempre piensa en su país; sobre todo en su familia. 

Su mensaje en el Día Internacional de los Refugiados es que no salieron de su país porque quisieron, sino porque tuvieron una necesidad, lo subraya, ahora con voz ahogada, y mucha gente no entiende eso. 

«Y que los buenos -como dicen por ahí-, somos más».

Fuente: Agencia Andina

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